martes, septiembre 30, 2008

"Autoría"

"Un día una vieja profesora había intentado explicárselo: él no era más que un simple chaval que creía comerse el mundo, y que además se enfadaba terriblemente cuando descubría que, en ese mundo que creía suyo, había cosas que no eran para él. Y aquella profesora que un día le había enseñado a digerir las cosas, que le había mostrado el sentido del razonamiento, que lo había alejado de aquel cacareo crónico que se destilaba en la secundaria, le dijo que no. Le hizo ver lo equivocado que estaba.

Le soltó que la vida era enfados y alegrías, risas y lloros. La vida para ella era marcharse a casa los viernes con una sonrisa enorme, y volver a trabajar los lunes, con la mirada triste. Y era emborracharse en los bares, con los amigos, y quedarse en casa, solo, mirando una tele estúpida y pensando en cosas intrascendentes.

Y, por lo visto, según su anciana profesora, se trataba de pasar tardes, noches en blanco y negro. Se trataba de que la lluvia te pescara por casualidad y te chafara el día, y de que a la mañana siguiente un sol radiante entrara por tu ventana y te llenara de vida.

Y de este fin de semana, borrachos por Madrid; y del fin de semana que viene, en tu pueblo, con la misma gente aburrida, la misma gente de siempre. Y llorar hoy, y reír mañana. Y sentirla cerca, para volverla a perder. Y ver que quizá se acaba una etapa, una fase que creíste que era la de verdad, para mañana ver una etapa mejor, y un horizonte más claro y nítido.

Y es que, en definitiva, lo grave no eran los obstáculos que se pudieran encontrar en el camino. Quizá no tenían importancia los retrocesos que se pudieran hacer mientras apartaban malezas de aquella senda del bosque.

Lo único que podía tener una gravedad especial, era el simple y aterrador hecho de que después de llevar muchísimas tardes en aquel bosque, no supiera dónde estaba, no supiera dónde le habría gustado estar. Quizá aquellas piedras que a veces lo hacían tropezar al caminar no tenían la menor trascendencia. La gravedad residía en no ser capaz de ver que aquellas piedras tenían su único nombre y su intransferible firma...".

viernes, septiembre 19, 2008

"Estoy ardiendo y siento frío"

"Cuando vivía en la parte más oscura de su mundo, soñaba con tardes menos grises, llenas de tonalidades, de fines para su existencia, de creación y de acción. Creía que un día escaparía de esos barrios melancólicos, solitarios, llenos de mugre... y que llegaría a otro lugar distinto.

Y resulta que un día, por casualidad, sin esperárselo siquiera, abandonó aquella calle oscura e intransitable, y marchó bien lejos. Había sido una estupidez, ¿para qué negarlo?, creer que había algún lugar idílico, de cuento... algún lugar soñado, deseado y real.

Pero el lugar era, al fin y al cabo, distinto: había árboles con frutas prohibidas, miradas indiscretas, sueños esperando para ser cumplidos, luz, una luz intensa que les llenaba de vida, y alguna que otra mano aliada dispuesta a ayudar y dejarse ayudar en el camino.

Así todo, sin saber cómo, algo le hizo despertar; un espectro venido de recuerdos pasados y que creía olvidados, le recorrió el cuerpo; y descubrió, que la vida, por muchas buenas sorpresas que te pueda dar, no fue sacada de un cuento para niños.

Y es por eso, que en ocasiones, en esta nueva residencia que tiene en el mundo, en este nuevo lugar que parece que ha creado, arde por dentro, al mismo tiempo que se hiela de frío. Y también se siente increíblemente feliz, cuando le viene la tristeza.

Y es que resulta que, aunque viviera en el paraíso, aunque hubiera encontrado aquella tierra prometida... seguiría sintiéndose un extraño...".

viernes, septiembre 12, 2008

"Es posible y además necesario"

"Empezó a saber de él cuando era un simple quinceañero, recluido en sí mismo, que buscaba grandes metas, que se llenaba la boca con palabras revolucionarias que evocaban un futuro distinto, esperanzador y mejor.

Había oído hablar en su casa de aquel fatídico 11 de Septiembre, y veía por la televisión los aviones bombardeando la Moneda y el recuerdo póstumo de ese noble intento que no permitieron que fuera realidad.

Un día descubrió por casualidad el último discurso en Radio Magallanes, cuando pudo comprobar la increíble humanidad de aquel hombre, que no estaba dispuesto a que su pueblo fuera masacrado. También descubrió al poeta campesino, que cantaba a la sociedad venidera, que honraba a aquellos que, como sus padres, sufrían un sistema cruel, inhumano.

Y resultó que el señor de las poesías, aquel que le leía su madre cuando era un canijo, aquel con el que Galeano decía conversar vinos, también marchaba con ellos, abriendo alamedas, cambiando conciencias, transformando el mundo.

A Allende lo mató el golpe: no huyó como habría hecho cualquier 'honrado' presidente latinoamericano. A Víctor Jara lo torturaron, hasta que murió de dolor y de pena. Pablo Neruda murió pocos días después del golpe, por su avanzado cáncer, y su tristeza.

Otro 11 de Septiembre ha pasado. Este antaño quinceañero se sienta delante del televisor. Recuerda al compañero Presidente y sus alamedas. Y recuerda la canción de Pablo Milanés.

Se pone en pie, emocionado y rabioso. Se dirige a pisar las calles nuevamente, a llorar por los ausentes y a maldecir a los traidores.

Y mientras tanto, ve en el horizonte calles llenas de hombres y mujeres (libres), caminando hacia esa sociedad mejor, hacia ese otro mundo posible y necesario".

lunes, septiembre 08, 2008

"De madrugada"

"Son las 2 de la mañana. Estoy delante de un papel en blanco y una pluma. A mi lado estos apuntes que me traen de cabeza. Y mañana, joder, a levantarse otra vez, y a alienarse un poco más... A esperar que pase el día, lo más rápido posible, para oír el móvil, escucharte al otro lado, y volar, y liberarme...

Estoy aquí a las 2 de la mañana, un domingo por la noche. Otro domingo, otra noche, otra semana que ha pasado. Y me acuerdo de la mañana del 6 de Julio, día maldito, y mi carta, y Silvio, y tu sabor... Y ese coche cada vez más cerca, y mi vuelta cada vez más inminente. Y lo duro que sabía que se me iba a hacer, y lo duro que se me ha hecho.

Y ahora me iré a dormir, y se alternarán por mi mente todas las imágenes pasadas: los paseos, los (grandísimos) helados, esas puertas giratorias, los libros, las canciones... O cuando te di el libro, y salí corriendo (literalmente), o el miedo que pasé cuando me dijiste, en la cafetería, que si podías hablar conmigo. Porque ahora me iré a la cama, y me vendrán a la mente los momentos pasados, y una sonrisa se dibujará en mi cara. Y de repente, en medio de la noche, me despertaré, y miraré por si estás cerca; y cuando no te vea, me entrarán ganas de mandarte uno de esos mensajes que me sirven para volar hacia ti, que me sirven para acordarme de que no estoy solo.

Y también me acuerdo de los momentos que quedan por venir, de los grandísimos recuerdos que tenemos que crear, de los viajes con una mochila al hombro, de ese fin de semana en Madrid los dos juntos, del día en que te pueda enseñar todos esos rincones por los que crecí, en los que me convertí en este raro personaje que tú conoces. Veo en el horizonte cómo esperamos una y otra vez a que suba la marea.

Son más de las 2 y media de la mañana. Te miro, te recuerdo y veo lo afortunado que soy. Y nos veo huyendo en ese autobús, y veo que vamos hacia cualquier parte. ¿Y sabes que más? Me estás cantando, casi susurrando, al oído. ¿Es una de Ismael? ¿O quizá aquella canción de Silvio? ¿Te acuerdas de cuál no?"

martes, septiembre 02, 2008

"Cuando éramos reyes"

"Cuando éramos reyes solíamos correr detrás de cualquier balón que estuviera tirado por ahí; o buscábamos el balón de reglamento que traía aquel chaval canijo, aquel chaval al que sobornábamos con regalices, con chicles insípidos que regalaban cromos o con hacerle tres o cuatro cuentas de sus deberes de matemáticas.

En ocasiones, cuando aún éramos reyes, rompíamos con todo: no había súbditos, no había vasallos, no había nobles a los que agasajar, todo era res pública. En ocasiones, también, las guerras entre reinos tenían lugar en cualquier corte, en la pista, en clase, en la plaza del pueblo; nos batíamos en duelo por ganar ese pequeño territorio, por saciar nuestras ansias imperialistas: aquel balón, esa camiseta de un jugador importante para el momento o, simplemente, por ser los receptores de cualquier mirada, tímida, desde un rincón.

Cuando nuestra sangre empezó a tornarse roja, cuando el corazón empezó a desplazarse, para siempre, a la izquierda, un poco más tarde, descubrimos las barras de los bares; descubrimos aquellos ojos que nos miraban desde un rincón oscuro, aquellos ojos que temíamos, pero que nos daban la vida. Aquellos ojos que nos querían quitar la corona, y que querían destruir nuestro reino de inocencia, de libertad relativa, aquellos ojos que nos querían exiliar y obligarnos a mirar más allá.

En ocasiones, miro hacia atrás. Y nos veo cuando aún reinábamos. Cuando teníamos la felicidad de aquel que no piensa mucho más allá de su propio reino, un reino que ve seguro, suyo y para siempre. A veces pienso si hicimos bien en querer abandonar ese reino, en abandonar aquellas tardes de fútbol, de deberes a duras penas, de correr en el recreo, de llorar los primeros días de Septiembre... A veces pienso en si hicimos bien en querer dejar atrás todo aquello.

Pero resulta que el corazón ya está a la izquierda, y que la sangre es roja, más roja que nunca, y que no creemos en monarquías trasnochadas. Y resulta que desde un rincón hay una mirada que se fija en ti, que te hace preguntas, que te enseña respuestas. Y resulta que al fin encontraste a la viajera de la Gare d'Austerlitz. Y resulta que a pesar de todo, que gracias a todo eso, eres feliz. Y eres más feliz que cuando vivías en tu viejo reino; ahora eres feliz, y lo sabes...

Y cuando viene la nostalgia, siempre se puede echar un vistazo a las viejas fotos, que nos recuerden lo que tuvimos en la mano, lo que aún tenemos... que nos susurren que disfrutemos, porque el corazón es rojo, y está a la izquierda, y brilla como no lo ha hecho nunca, brilla como ni siquiera imaginábamos que brillaría, cuando éramos simples reyes, y soñábamos con ser ese indio con pluma, que gritaba, que escribía mensajes en el horizonte, que corría por las llanuras del Oeste, detrás de los que se creían tocados por la Providencia...".