domingo, agosto 31, 2008

Fundación de los abrazos (Eduardo Galeano)


En Irak nació el primer poema de amor de la literatura universal, miles de años antes de su devastación:

Que el cantor teja en cantares
esto que voy a contarte.

El canto contó, en lengua sumeria, el encuentro de una diosa y un pastor.

Inanna, la diosa, amó esa noche como si fuera mortal.

Dumuzi, el pastor, fue inmortal mientras duró esa noche.

sábado, agosto 30, 2008

Yo tuve un hermano (Julio Cortázar)


Yo tuve un hermano
no nos vimos nunca
pero no importaba.

Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.

Lo quise a mi modo
le tomé su voz
libre como el agua.

Caminé de a ratos
cerca de su sombra
no nos vimos nunca
pero no importaba.

Mi hermano despierto
mientras yo dormía.
Mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.


(Poema de Cortázar para el Che)

(El poema iba acompañado de esta reflexión:

"El Che ha muerto y a mí no me queda más que silencio, hasta quién sabe cuándo; si te envié este texto fue porque eras tú quien me lo pedía, y porque sé cuánto querías al Che y lo que él significaba para ti. Quiero decirte esto: no sé escribir cuando algo me duele tanto [.] Mira, allá en Argel, rodeado de imbéciles burócratas, en una oficina donde se seguía con la rutina de siempre, me encerré una y otra vez en el baño para llorar; había que estar en un baño, comprendes, para estar solo, para poder desahogarse sin violar las sacrosantas reglas del buen vivir en una organización internacional".)

"Su árbol"

"Un día asistió a una discusión que, quizá, cambió su forma de ver las cosas: alguien soltaba una pregunta al aire, hacía mención a la importancia de las raíces, a la importancia de tener claro de dónde se viene sin olvidarlo.

En ese momento, una rezagada entre los asistentes levantó la mano: esta espontánea habló de sus raices, de que consideraba que no debía olvidarlas, que no debía dejarlas a un lado, pero también habló de las ramas, de las hojas que iban apareciendo en su árbol y que, al fin y al cabo, formaban todo su ser.

Entonces él pensó en todo eso, pensó en no dejar de lado sus raíces, al menos en no olvidarlas por completo; pero también pensó en sus ramas, y en sus hojas, y en el color que tomaría su árbol durante el otoño, el invierno, la primavera... Pensó en que lo importante no eran ya las raíces, sino las hojas, unas hojas que él deseaba perennes, unas hojas que quería que aguantaran el oscuro octubre y el nevado invierno... Y tampoco quería unas ramas débiles, que el viento de una estación cualquiera fuera capaz de tirar; quería unas ramas fuertes, que aguantaran el ir y venir de la vida, unas ramas fuertes, que lo ayudaran a caminar...

Quería, en definitiva, unas ramas que se unieran con las suyas, unas ramas tan auténticas, tan verdaderas, tan llenas de vida, que le ayudaran a despegar...

Quería construir un árbol según su punto de vista; un árbol que, por fin, reflejara lo que él era... lo que él quería significar".

miércoles, agosto 27, 2008

"Atreverse a dejarlo todo"

"De lo único que, en estos momentos, estaba seguro que nunca se arrepentiría era de sentirse capaz de dejarlo todo por ella, de atreverse a coger un día cualquiera un bus, un tren hacia ninguna parte, agarrado a su mano, de cargar con esa mochila que tenía aparcada encima de su cama, esa mochila llena de sueños, planes, escondites, lugares por recorrer, playas, islas desiertas, tesoros por descubrir... No se arrepentiría jamás de que solamente necesitara un simple , para huir sin mirar atrás.
No se arrepentiría jamás de que detrás de cada huida que pasaba por su mente, estuviera única y exclusivamente ella..."

lunes, agosto 25, 2008

"Mariposas que cazan en sueños los niños con granos"

"Descolgó el teléfono temeroso: no sabía lo que se iba a encontrar y tenía miedo. Con cautela fue marcando el número. Después de tres tonos, al otro lado del aparato oyó la voz de una señora, ya mayor, curiosa por saber quién era el interlocutor. Él preguntó por su nieto, identificándose como un antiguo amigo, y la vieja mujer le pidió, amablemente, que esperara.

De repente, al otro lado apareció la voz de su homónimo. Le invitó a verse un día cualquiera de esa misma semana para hablar de lo de siempre, para hablar de todo lo que habían dejado apartado hacía ya tiempo: las revoluciones, los amores imposibles, las penas en las barras de los bares, las distintas clases de cervezas en las que bañarse en los días importantes... Y se citaron para el día siguiente, en el bar de siempre, como antes.

Él llegó pronto: no tenía nada que hacer, y decidió curiosear por los rincones en los que había crecido. Y llegó al bar; la camarera era nueva, pero todo lo demás seguía igual: la máquina de dardos, el no muy seguro dispensador de condones, las mesas llenas de firmas, el cuadro de Springsteen en la pared o la foto de un Dylan cada vez más despeinado y extravagante. Y, cómo no, Sabina sonando de fondo. Se sentó en su sitio favorito y esperó.

Al rato llegó su amigo, con cara de cansado, como de costumbre, y echando pestes de un jefe que, como todo el año anterior, le obligaba a hacer unas horas extras que nunca pagaba.

Pidieron una ronda; empezaron a hablar y a recordar: recordaron, en primer lugar, aquella tarde de viernes, aquella primera borrachera a base de cañas que les mantuvo vivos toda una tarde, que les dio fuerzas para vivir muchas más. Recordaron cómo llegaron a casa aquel día. Encima de esa misma mesa habían planeado muchas, muchísimas veces su asalto a la Bastilla, al cuartel Moncada o la toma del Ayuntamiento del pueblo. Y de adolescentes se habían enamorado cada cinco, diez minutos, quince... primero de una rubia, después de una morena, una pelirroja... Y habían jurado vengarse del matón que les daba collejas en clase, cuando salían a la pizarra, y de todos esos momentos grises en que ni siquiera eran capaces de soñar que abrazaban a la Venus de Milo...

Por la décima cerveza le estuvo hablando a su amigo de aquella chica que le hizo, que le estaba haciendo perder la cabeza. Pidieron la última ronda (acompañada por cualquier canción de Sabina). Acabaron la cerveza y salieron por la puerta; se despidieron con un abrazo: su amigo, camino a casa, a dormir la borrachera para levantarse al día siguiente y poder ir a trabajar; él marchaba también a su casa, donde le esperaba una mochila llena de recuerdos y un billete de autobús hacia ninguna parte...".

sábado, agosto 23, 2008

"Consuelos"

"La chavala del asiento contiguo habla con su padre, sobre un viaje próximo, a tierras gallegas. El padre parece buen tipo, según comenta su emocionada hija, le va a pagar todo el viaje, a ella y a su novio, que por lo que se puede intuir, no ha trabajado en todo el verano... Un poco más atrás un viejo borracho canta himnos (de borracho claro). Al principio le parece rumano, al menos eslavo, porque no se le entiende nada. Cuando le oye quejarse sobre las maneras para la conducción de nuestro chófer ya lo puede encasillar: español de pura cepa. El muchacho de delante habla también por el móvil; por lo que parece se escapa una semana a estudiar una asignatura, que por lo que cuenta a su amigo telefónico, empezó cuando todavía tenía voz de pito. Una señora sentada detrás del conductor se levanta hacia al baño; a la vuelta, tiene la genial idea de dejar la puerta del "baño" abierta: craso error, un llamativo olor interrumpe la monotonía del autocar... Un cubano fortachón habla con su cuñado sobre lo malvada que es su señora madre... Una jenni cualquiera grita por teléfono a su hermano bakala porque le compró el billete para el bus y él no se había presentado... Otro iluminado amenaza de muerte a sus amigos por una broma que, por lo visto, no le ha hecho demasiada gracia... Un grupo de chavales entran a malas penas cargados con bolsas de alcohol de camino a otra botellona, mientras no paran de hablar del Sporting de Lisboa y de Marc Gasol...

Él lleva a Quique y a Ismael en sus auriculares. Entre sus manos, un libro de una nueva deidad literaria. El móvil suena, no lo coge, para qué...
Y se consuela porque tiene la certeza (o al menos eso le gustaría) de que un día ella aceptará escaparse con él (en bus, en caravana o a pedales) hacia cualquier sitio, hacia cualquier lugar en el que puedan, por fin, hacer sus sueños realidad...".

jueves, agosto 21, 2008

Piedra negra sobre piedra blanca (César Vallejo)



Me moriré en París con aguacero,

un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
talvez un jueves, como es hoy de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y,
jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…


César Vallejo, el poeta de los vencidos que diría Galeano...

Más poemas...

miércoles, agosto 20, 2008

"Línea 7"

"Decidió subirse en aquel autobús que lo llevara a la estación; aquel autobús que lo alejara un poco más de los recuerdos que se le venían a la mente, en esa misma ciudad, cuando simplemente era un chaval y creía comerse el mundo.

Ésa sería la última vez que se subiría a ese autobús en el que había crecido, cuando iba a jugar con sus primos, los fines de semana, a la Magdalena, cuando iba a ver a su equipo favorito, de la mano de su abuelo, con una bufanda verdiblanca que le protegía del frío, o cuando empezó a estudiar, en la facultad, en el interfacultativo, cuando se escapaba de clase para jugar al mus en la cafetería, cuando se encerraba la última semana en la biblioteca para intentar, con éxito en bastantes ocasiones, salir triunfante del terrible Junio.

Había comprado un billete de tren; no había dicho ni que se iba, ni a dónde. En su casa, sobre la mesa de la cocina, había dejado un papel en sucio que decía adiós.

Cuando todavía quedaban unas cuantas paradas para llegar a su destino, observó como un niño pequeño se le quedaba mirando. Este niño, cuando vio que aquel viejo le devolvía la mirada, le saludó con la mano y sonrió. El viejo, sorprendido, le devolvió la sonrisa y el niño, satisfecho por el saludo, apartó la mirada. Aquel niño se bajó en la Magdalena, allí lo esperaban otros chavales con los que, previsiblemente, correría por la hierba y se subiría a los columpios.

Aquella tarde, nuestro viejo cogió un tren que lo llevó lejos, muy lejos de allí. Y pensó todo el camino en aquel niño, en esa felicidad que tenía, e intentó rememorar lo feliz que había sido él algún día, cuando se conformaba con poco, cuando era un simple niño que corría por el parque, que escuchaba las historias siempre interesantes de su abuelo, que no necesitaba huir una y otra vez para sentirse bien..."

lunes, agosto 18, 2008

"Los sueños están por encima, y muy..."

"Lo había leído en un periódico de esa misma semana: España había recaudado más de 900 millones de euros el año pasado, de la venta de armamento. España es el mayor exportador de munición ligera al África Subsahariana. Entre sus clientes se encuentran países tan poco conflictivos como lo son Marruecos e Israel.

Y el caso es que él encendía la tele, después de leer esto, y le venían a la mente antiguas imágenes: se acordaba de Zapatero, hablando, llenándose la boca con la Alianza de Civilizaciones; recordaba, incluso, la guerra de Irak, con su falso No a la Guerra, con la hipocresía de los que saben que ganan dinero gracias a la muerte de otros...

Entonces imaginaba los momentos que quedaban por venir, dentro de cuatro años, de ocho, de doce... Se imaginaba cómo le iban a pedir el voto, cómo le iban a intentar camelar con el "somos malos, pero no fachas", cómo le iban a invadir con músicas pegadizas, cómo iban a comprar a esos artistas a los que siempre había admirado, para traerlo hacia el redil...

Sin embargo, como había sido hasta ahora, como seguiría siendo a partir de ahora, sus sueños ni cabían ni cabrían en sus urnas... Porque en sus sueños no aparece miseria, ni muerte, ni genocidio... Porque, bajo ningún concepto iba a aceptar, que sus sueños, lo único que lo mantenían vivo, se depositaran en aquellas urnas, dieran su apoyo a todas esas manos que, premeditadamente, estaban manchadas de sangre inocente...".

domingo, agosto 17, 2008

"Los que nunca se movieron"

"Y hablaba con los de siempre, con los que nunca se habían movido, con los que, desde que él tenía recuerdo, le daban la mano y le hacían andar. Hablaba con esos viejos amigos que había conocido casi sin querer, por hablar porque sí, por decir algo y se habían convertido en importantes, en distintos.

Y volvía mucho tiempo después a recorrer la ciudad, con ellos, a dejarse el dinero en los antiguos bares, a emborracharse, como tantas otras veces, encima de una mesa, sucia, que ya lo había visto todo. Y les soltaba todo lo que sentía y ellos le respondían que tenía razón, que nada era lo mismo, que, sin saber cómo, la distancia había tenido su efecto.

Pero él se levantaba de aquella mesa, casi sin saber dónde iba, y pedía otra ronda, y allí mismo recordaban todos los momentos que los juntaron, que los unieron, y todas las charlas que un día cualquiera significaron algo, incluso los lloros y las penas, pero también los triunfos... Recordaban, en definitiva, lo que les había hecho especiales, distintos... lo que, a pesar del tiempo, del espacio y de otras fuerzas paranormales, no los separaría jamás..."

viernes, agosto 15, 2008

"Bajo los adoquines, está la playa"

"Se apeó del tren en la gare de Montparnasse. En su mochila llevaba un bloc de notas, un lapicero, algo de dinero suelto y recortes, muchos recortes de prensa sobre Mayo del 68. Y se dirigió a una oficina de información cualquiera; allí pidió un callejero de la ciudad y se puso en marcha.

Ya que se encontraba cerca, decidió visitar el cementerio de Montparnasse; mientras caminaba por el boulevard Edgar Quinet vinieron a su mente las lecturas que un día hizo de la biografía de Sartre (y de Beauvoir), y rememoraba aquellos ríos y ríos de estudiantes, obreros, intelectuales... dando su último adiós a aquel pequeño y viejo filósofo. Ya en el cementerio, encontró, casi por casualidad, la tumba de Julio Cortázar. La lápida estaba llena de papeles, de billetes de metro, de despedidas... y alguien, emocionado, le había dado las gracias por el capítulo 7 de Rayuela.

Salió del cementerio y cogió el metro. Decidió plantarse en la otra punta de la ciudad, en Montmartre, y caminó largo y tendido por el Boulevard de Clichy, vio (desde fuera) el Moulin Rouge y se sentó en una cafetería de ésas que, tiempo atrás, estaban repletas de artistas rodeados de humo, rodeados de pinceles y de proyectos de cuadros que les mantenían vivos.

Su siguiente parada fue el Boulevard de Saint-Germain, donde encontró librerías con libros muy apetecibles, pero que, sin embargo, requerían un nivel de francés que él no tenía. Con lo que se resignó a comprar alguna postal, con fotos en blanco y negro, alguna postal que relatara un pasado distinto de aquella ciudad, quizá mejor...

Caminando llegó hasta Saint-Germain-des-Près, y encontró Les Deux Magots, aquella cafetería que tantas noches se había imaginado en sus libros; no era lo que él se figuraba, tampoco podía ser lo que fue en su día, ahora se reducía a una cafetería, como las de antaño, pero repleta de turistas que, como él, decidieron pasar por allí, para ver qué se sentía...

Siguió vagando por el Barrio Latino y, por fin, llegó a la Sorbona. No había rastro de pintadas, ni de carteles originales ni revolucionarios. No había rastro de barricadas que cerraban la calle pero que abrían el camino. Y entró en una librería, que tenía pinta de ser algo distinto (no en cualquier lugar tenían las obras completas de Mijail Bakunin) y le preguntó al encargado qué había pasado con la Primavera del 68. Éste, entre derrotado e impotente, le contestó, con su pobre inglés, que Sarkozy se la había llevado, que se había propuesto acabar con su herencia, la herencia del mayo francés, y que lo habia logrado.

Así que este transeúnte salió de la librería, apenado, y dio una última vuelta antes de marchar hacia la estación, antes de coger otro tren que lo llevara lejos de allí.

Ya era de noche en París, ya la gente de bien se había recogido, ya estaban en la cama. Perdido, intentando llegar a la Gare d'Austerlitz, desde donde coger un tren que lo llevara al Este, vio como dos chavales, encapuchados, pintaban algo en una pared, pintaban: "Sous les pavés, la plage."

Pensó que no todo estaba perdido, y, efectivamente, así era. La plaza seguía sucia, y no había que resignarse. Sólo quedaba darse a la revuelta, a la revuelta de la que hablaba Breton, a la revuelta creadora de luz, de poesía, de libertad, de amor... de sueños...".

[Audio del Capítulo 7 de Rayuela, por el propio Cortázar]

jueves, agosto 14, 2008

"Recordāri"

"Esa noche, después de cenar, decidió salir un rato a la calle, a perderse por los rincones, por las esquinas por las que hacía mucho tiempo que no pasaba.

Y caminó, caminó mucho y observó lo que ocurría en la urbe: vio a parejas de jóvenes amantes que, a la luz de la noche, escondidos de miradas indiscretas, se dejaban llevar, hacían crecer madreselvas y amanecían inmortales; y vio cómo un grupo de chavales pintaban consignas en una pared, consignas que bien podían haber sido pintadas en el 68, en París, en cualquier aula de la Sorbona, bajo la mirada de cualquier Sartre orgulloso de sus discípulos; y escuchó a aquel profesor, borracho para unos, loco bohemio para otros, que tantas noches le había entretenido, con sus historias de revolución, de viajes, de sueños por cumplir...

Y, por casualidad, llegó a la puerta de la taberna en la que había pasado toda su juventud. En este lugar, había compartido charlas, vasos y vasos de cerveza, penas y triunfos con grandes amigos que se habían quedado por el camino... Y en aquella mesa, allí apartada, había escrito muchas de las cartas que le llegaban a ella, cuando él se encontraba lejos, y necesitaba acercarse un poco, aunque fuera por escrito...

Se sentó en esa misma mesa. Pidió que le trajeran la cerveza más fría que tuvieran. Y recordó... Su viejo profesor le había dicho en su día que 'recordar' venía del latín, y que significaba volver a pasar por el corazón. Y fue lo que hizo aquella noche...

Lágrimas de felicidad brotaron de sus ojos ya viejos y cansados... Lágrimas de felicidad, de emoción, de ésas que sólo aparecen en los momentos indicados."

"Y..."

"Se sentó delante de aquel bloc que tantas noches le había ayudado a sobrellevar el insomnio; cogió un lápiz, casi gastado, e intentó escribir cualquier cosa que lo alejara de allí, cualquier cosa que lo ayudara a meterse en la cama, de una vez por todas, con una sonrisa en la boca.

Sin embargo, ninguna palabra salió de su lápiz, y el bloc, que antaño estaba lleno de miles de historias, de viajes, de amores extraviados, de esperanzas por cumplir... quedó vacío; y este lector apenado, frustrado consigo mismo por no saber exteriorizar su pena, siguió vagando en la noche.

Se tiró en la cama, y vio aquel libro encima de la mesita. Lo abrió y lo releyó, una y otra vez, hasta que por fin pudo marcharse a dormir, tranquilo.

A partir de ese día, cuando no conseguía conciliar el sueño o cuando, simplemente, no sabía qué hacer para acabar con esa sombra de la que se desprendía una y otra vez, abría el libro en cuestión. Lo leía poco a poco, como saboreándolo, viviendo cada instante. Y cuando llegaba al relato de 'La noche', cuando leía aquello de 'tengo una mujer atravesada entre los párpados' lo recordaba todo.

Y se tiraba de nuevo en la cama y dormía con una sonrisa de oreja a oreja, y soñaba... y veía momentos pasados y momentos que quedaban por venir y viajes en el horizonte y paseos en metro (con guitarra y armónica) y...".

domingo, agosto 10, 2008

"A base de...".

"Llegó a su casa, a la casa de aquel amigo que tantos años había visto sus lloros, sus desengaños, sus pequeñas problemáticas... y le contó como se sentía. Él esperaba un amigo compasivo, como antaño, que le quitara responsabilidades, que le dijera cuánta lástima sentía por él, que le mostrara el camino...

Sin embargo, no encontró nada de eso; por el contrario, vio el rostro de un amigo serio, que le dijo todo lo que no quería oír, que le echó en cara todo lo ocurrido, porque él ya sabía que iba ser así, que le recriminó el no haber sabido tomar las riendas de su vida, adelantarse a los acontecimientos, ni haber utilizado los viejos errores como parches fuertes que le ayudaran a atravesar los senderos por los que le llevaba su vida.

Y, para acabar, le gritó, le insultó, le hizo ver que había sido un idiota por pensar que todo aquello era para él, por creer de veras que no era un infeliz, por no querer ver la cruda realidad.

Cogió una piedra, rompió el espejo y salió corriendo.

Y decidió, a pesar de todo lo que le había dicho ese viejo amigo que tan bien lo conocía, seguir viviendo a base de mentiras, a base de vasos y vasos de whisky, que le mantuvieran alejado de aquel espejo, a base de palabras amigas y de hechos traidores que, una vez más, pasaría por alto...".

sábado, agosto 09, 2008

"Saint-Lazare - Olympiades"

"Los vi nada más subirme en el metro, en la linea 14, en la parada de la Gare de Saint-Lazare. Estaban sentados uno junto al otro: él era grande, moreno, tenía barba de tres días y reposaba la cabeza en su hombro; ella era también morena, un poco más pequeña, y tenía unos bonitos ojos, marrones y franceses.

La silueta que hacían era muy llamativa y no pasaba desapercibida a ningún pasajero de aquella voiture, a los que se les venían a la mente antiguos momentos felices, con otros corazones que se habían dejado querer. Sin embargo, se respiraba, al mismo tiempo, un clima dramático, y algo me dijo que aquellos dos amantes se estaban despidiendo, que sus momentos felices ya no lo eran y que habían decidido dejarse marchar...

El caso es que al llegar a la parada de Les Halles ella se incorporó, le dio un beso en la mejilla y se marchó sin mediar palabra. Cuando llegamos a la altura de Bercy, mi parada, él continuaba, abatido, en el vagón.

En ese momento pensé que quizá iría en busca de cualquier parada desde la que llegar a la Gare d'Austerlitz, y recordar, allí sentado, viendo los trenes pasar, a aquella viajera que tantas noches le había enseñado a besar...".

domingo, agosto 03, 2008

Antaño perdido, hoy (re)encontrado

Y resulta que a veces te encuentras perdido, la anomia social se apodera de ti, no ves el camino, dices no verlo, y acabas solo, tirándote de los pelos palpando una salida que no reconoces, en ese momento, como correcta.

Y te llama ella, te llama desde lejos, desde donde puede, y te tiende la mano; te tiende la mano y subes con ella a la azotea donde, mirando a las estrellas, pensáis, habláis, planeáis todos esas cosas que os quedan por hacer juntos. Y miras al día anterior, te sientes estúpido por lo dicho, por lo imaginado... Y vuelves a la azotea, te acercas, la abrazas, le das un beso...
...

Y hacemos subir la marea como si fuera la última vez que las olas rompen contra la orilla, como si fuera la última vez que te empapas las entrañas bajo una furiosa tormenta de verano, de la mano, con ella.

[Ayer fuimos devorados; pero hoy no, hoy no, hoy nos comemos el mundo... y juntos nadie nos va a parar]